
STRESS 1: Martes… día posterior a feriado. En un trabajo normal, nada implicaría que pudiera ser diferente a un lunes. No es mi caso. Ocurre que al trabajar con empresas del exterior, el hecho de que nuestra oficina esté cerrada no puede resultar más irrelevante para mis clientes, que trabajan igual. Con lo cual, la acumulación de emails a responder luego de un feriado es doblemente cuantiosa.
STRESS 2: El director de la agencia volvió de un viaje de trabajo el sábado. Esto implicó que sin llegar a apoyar la cartera en mi silla esta mañana, me haya visto inmersa en un monólogo interminable de comentarios, reportes y amenazas con respecto a lo que se espera a futuro de mi equipo de trabajo. Estuve de acuerdo (como corresponde a cada regreso de viaje del señor) en que debemos apuntar a la búsqueda de la excelencia en nuestras propuestas y servicios, en que no alcanza con lo que estamos haciendo, en que la competencia es feroz y hay que diferenciarse. Nota al pie: dejar de poner cara de “por favor, lo hablamos más tarde?” mientras el director se explaya. Es contraproducente y enfurece al interlocutor.
STRESS 3: Mientras escuchaba a mi jefe y veía como los emails no paraban de bajar en mi bandeja de Outlook, recibí el llamado sistematico de las tres representantes de mi dream team, que avisaban que por diferentes razones personales, iban a llegar tarde en el día de la fecha. Perfect timing!
STRESS 4: El cadete empezaba a mirarme con cara de “me armas los pagos o me voy?”. La chica de administración evidentemente se iba a atrasar considerablemente. Voy a ser sincera con ustedes: el hecho de que su hijo no parara de vomitar esta mañana no podia importarme menos. Interrumpí a mi jefe y fui a encender la computadora de ese area para deshacerme al menos del pendejo y que dejara de rascarse.
STRESS 5: El viernes recibimos la rara visita del técnico de sistemas. Luego de amenazas varias, y ya harto de escucharnos, se dignó aparecer a las 17:40, sabiendo que a las 18 cerramos. Resultado? Apenas tocó las computadoras, dejó todo a medio hacer, y mal. Como consecuencia, la computadora de administracion se apagaba sola, mi máquina no se conectaba al servidor y aleatoriamente perdía conexión a internet. Parte del problema, confieso, es que mi jefe había conectado dos segundos antes su laptop de Mac a la red, causando parte de la debacle. Esto yo no lo sabía. Llamé furiosa al técnico, tratando de descargar con alguien mis frustraciones de la mañana, para recibir como respuesta un lacónico “si me seguís hablando así te corto”.
Básicamente, y redondeando el relato, tuve una mañananita para el olvido, que CASI borró los buenos recuerdos de un fin de semana apacible.
Sí sí... aclaro el CASI. Hay un recuerdo en particular que permanecerá en mi memoria por mucho tiempo y que no puedo dejar de compartir con ustedes: un niñito de unos 25 años, en una fiesta el sábado me preguntó: “que estudias?” Casi lo beso… Y no me dio más de 28 años. Sí ya sé… de noche todos los gatos son pardos y en la oscuridad no se ven las patas de gallo. No me importa. Definitivamente la vida es linda. Ese recuerdo y el Toblerone gigante que me trajo mi jefe hicieron que recuperara la sonrisa, y el buen humor... la gente en la oficina agradecida.