
En esta entrega, voy a contarles un cuentito digno de debate:
Resulta que Juancito (sorete consumado) logró a través de los años posicionarse más que bien en su rubro y estar a cargo de la comercialización de un producto único en el mercado.
Pepito le compraba regularmente, a pesar del desprecio mutuo que existía, el producto le era necesario. Sin embargo, cuando la empresa de Pepito se fue al tacho, se dio el lujo de dejarle un muerto y no pagar. Las venganzas se comen en plato frío dicen.
Ocurre señores, que acá entra en escena Juanita.
Juanita trabajó durante muchos años para Pepito. Tantos años, que su nombre estaba asociado a esa empresa, por más que fuera una mera empleada. Cuando Pepito se retiró por causas de fuerza mayor, Juanita tomó la posta y se abrió por su cuenta. Una muy buena oportunidad sin dudas.
Sin embargo (siempre hay un “pero”), Juancito (que no es ningún boludo) no estaba dispuesto a absorber el muertito que le había dejado Pepito. Qué mejor idea entonces, que endosárselo a Juanita, que recién arrancaba.
El dilema de Juanita es claro: heredó sin dudas el desprecio a Juancito, detesta soberanamente agachar la cabeza y aceptar el chantaje, pero a la vez necesita lamentablemente el producto que ofrece Juancito. No debería, bajo ningún concepto, tener que hacerse cargo de una deuda que no le corresponde, pero a la vez, negarse a pagarla le implica no poder contar con ese maldito producto que no tiene igual en el mercado. Lindo cuadro, no?
Si Juanita pudiera, agarraría una 45 y la descargaría con satisfacción sobre la cabeza de Juancito. Pero no puede.
Juanita está furiosa señores, y cuando eso ocurre, le cuesta ser inteligente para negociar. Se le nublan los sentidos.
Juanita va a intentar respirar hondo y calmarse durante el fin de semana. Durante su vida, siempre le funcionó el “siéntate en la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”. Espera con ansias que se siga cumpliendo…